jueves, 8 de enero de 2015

La Edad Oscura

Los que seguís con cierta asiduidad este blog sabéis que, de vez en cuando, me da por recurrir a la historia para explicar algún hecho que considero relevante, especialmente en el mundo de la gestión del conocimiento.

Seguramente muchos de vosotros habréis estudiado historia en el colegio y con ella la sucesión de civilizaciones que fueron dominando el Mediterráneo desde la Edad de Bronce hasta la Edad Media. En este periodo Minoicos, Micénicos, Hititas, Fenicios, Griegos y Romanos se sucedieron en el poder hasta la llegada de los bárbaros.

Sin embargo, existe un lapso de cinco siglos fundamental para entender la evolución de la cultura occidental del que, seguramente, no hayáis tenido noticia alguna. Se le conoce como la Edad Oscura. Permitidme que os hable brevemente sobre él para luego plantear algunas cuestiones más fundamentales.

LA ATLÁNTIDA

Aunque, en el siglo veintiuno, la soberbia nos hace considerar al Mediterráneo inmune a las grandes catástrofes naturales, con cierta frecuencia se ha visto afectado por terribles cataclismos. Cada uno de ellos ha provocado la caída de grandes civilizaciones  y un tortuoso tránsito por largos periodos de decadencia y retroceso tecnológico, unas crisis dolorosas pero que, a la larga, han favorecido el florecimiento de culturas más originales.

Quizás el más devastador de estos cataclismos se produjo 1600 años antes de nuestra era cuando el volcán Tera entró en erupción.

La terrible explosión hundió bajo el mar una buena parte de la superficie de la isla de Santorini y sepultó al resto bajo una capa de cenizas que llegó a alcanzar los ochenta metros de altura en algunos lugares.

La imponente caldera del volcán fue sustituida por una gran laguna rodeada de acantilados de más de trescientos metros de altura. A ellos aún se aferran las cúpulas azuladas y las blancas edificaciones de Fira y Oia, dos de las más caóticas y bellas ciudades del Mar Egeo.

Si tenéis la fortuna de visitar Santorini, no debéis perder la oportunidad de conocer Akrotini (creo que aún siguen cerradas las excavaciones pero ya debe faltar poco para la reapertura). La ciudad, enterrada por las cenizas siguiendo un destino similar al padecido por las espléndidas Pompeya y Herculano, soterradas por la erupción del Vesubio acaecida en el año 79 de nuestra era, se ha preservado en buenas condiciones para revelar un desarrollo tecnológico formidable. Sus habitantes fueron capaces de levantar casas de tres y cuatro alturas y de concebir las primeras canalizaciones de agua potable conocidas. Las cañerías dobles proveían a la ciudad tanto de agua fría como caliente extraída, esta última, de las fuentes termales del volcán asesino, un lujo que no volvería a verse hasta la época romana. Este adelantado confort da muestras del esplendor alcanzado por la civilización minoica y de la gran pérdida que su derrumbe supuso para el progreso de la cultura occidental.

Aunque las emanaciones del volcán oscurecieron el cielo por varios días y sus secuelas fueron registradas en lugares tan distantes como China, no fueron nada comparadas con los catastróficos efectos provocados por el desplome de la caldera.  El hundimiento en el mar de billones de toneladas de rocas creó un gran tsunami que arrasó el Mediterráneo oriental sepultando las islas jónicas y grandes áreas del Asia Menor con olas de más de noventa metros de altura. Los palacios de Cnosos, la capital minoica donde según la leyenda se encontraba el Laberinto del Minotauro, cayeron arrasados por los embates del mar al igual que el resto de las ciudades del litoral cretense  provocando el declive de la brillante civilización minoica.

Algunos dicen que este gran cataclismo inspiró a Platón para concebir la leyenda de la Atlántida situando a esta enigmática ciudad en el centro de la caldera del volcán de Santorini. De ser así, jamás la encontraremos pues sus fundamentos volaron, literalmente, por los aires.

LOS PUEBLOS DEL MAR

Tras la hecatombe, los debilitados minoicos fueron reemplazados por pueblos provenientes del continente identificados, a veces, con los aqueos homéricos de la Ilíada conquistadores de Troya. Estas migraciones hicieron florecer una nueva civilización comúnmente -y puede que erróneamente- conocida como micénica, la última gran dominadora del Mar Egeo en la Edad del Bronce.

Mucho más incierto es el origen de la siguiente oleada de cambios provocada por la llegada de los enigmáticos Pueblos del Mar (así bautizados por Emmanuel de Bougé a mediados del siglo diecinueve, otra elección bastante desafortunada).

En el siglo trece antes de nuestra era, coincidiendo con el advenimiento de nuevos cataclismos naturales, económicos y sociales, diversas gentes de origen desconocido, probablemente indoeuropeo, irrumpieron en Asia Menor. Provenientes del norte de Grecia y de Anatolia, llegaron para arrasar con todo y provocar la mayor desolación registrada en la historia antigua.

La procedencia exacta de las gentes que trajeron consigo las primeras herramientas de hierro al Egeo nos es desconocida. Seguramente, entre estos pueblos estaban los pelesets -los filisteos que ocuparon Gaza y dieron nombre a Palestina-, los dorios -colonizadores de las islas occidentales del Mar Egeo- y otros grupos mucho menos conocidos como los Shardana, los Lukka o los Akawasha. A pesar de esta diversidad, desconocemos datos fundamentales sobre su sociedad, formas de gobierno o la organización de sus sistemas económicos.

Lo único cierto es que, en apenas unas décadas, importantes ciudades del reino de Hatti como Ugarit, Tarso o Hattusa fueron incendiadas. Corrieron una suerte pareja Micenas, Karkemish, Gezer, Yenoan, Ascalón y los núcleos urbanos que rodeaban Esparta. El empuje de los Pueblos del Mar provocó también la caída del imperio hitita e incluso obligó a los egipcios a abandonar la región de Canaán para replegarse de nuevo hacia el Delta del Nilo. Sólo Arcadia, en el centro del Peloponeso, y Atenas parecen haber sobrevivido a estas invasiones.

La Edad de Hierro en el Mediterráneo comenzó mal, con cinco siglos de depresión política, económica, social y cultural. Las ciudades más importantes del mundo griego quedaron deshabitadas, el comercio entre las regiones se vio limitado hasta casi desaparecer y cesaron las grandes construcciones en piedra. Las cerámicas se volvieron más rústicas e incluso se abandonó el uso de la escritura, motivo por el cual a esta época se la conoce como la Edad Oscura pues apenas quedan registros de estos convulsos acontecimientos.

Sólo a partir del siglo octavo antes de Cristo, la civilización helena lograría recuperase para brillar más intensamente durante cinco centurias hasta sucumbir bajo el empuje romano.

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL CAMBIO

No sé que os habrá parecido el breve recorrido por esta historia de hecatombes en el Mediterráneo. Al menos yo no la recuerdo de mis tiempos escolares; llegué a ella hace unos años y la he rememorado ahora, tras mi reciente visita a Micenas. De ella emanan una serie de lecciones que tienen una aplicación directa en la gestión empresarial.

Quizás la más evidente es la necesidad de estar preparados para el cambio. Por muy asentada que consideramos nuestra posición (como empresa líder, como trabajador de éxito, como persona) siempre habrá crisis, cambios drásticos provocados por factores internos o externos que no habremos sabido prever ni podremos controlar.

En el entorno tecnológico en el que nos movemos, los cambios se producen con celeridad y se propagan como un tsunami arrasando con todo. En un par de años cualquier producto puede quedar obsoleto, una empresa puede perder el liderazgo o podemos quedar excluidos de un mercado laboral demasiado intransigente. ¿Quién había oído hablar de BigData, Weareables o Internet de las Cosas hace 5 años?.

Esas olas inmisericordes provocan grandes catástrofes pero también generan grandes oportunidades, tras ellas acaban floreciendo empresas más originales, más brillantes, más innovadoras (ver el Poder Digital).

Al igual que los Pueblos del Mar supieron aprovechar la ventaja competitiva que les ofrecía su dominio sobre las técnicas de fundición del hierro para terminar con unos ya debilitados micénicos, una empresa puede dominar un nuevo sector del mercado en apenas unos meses favorecida por los nuevos canales de comunicación. Un producto capaz de cubrir nuevas necesidades pueden ahora vender más en un mes que sus predecesores en un lustro. Un gerente o un técnico que domine una nueva tecnología puede ascender como la espuma en un empresa o crear la suya propia sin requerir grandes inversiones.

La historia nos revela también la importancia de estar atentos a los cambios externos, de admitir la capacidad de los otros para superarnos, de evitar esa malsana zona de confort, de tener un Plan B.

También nos recuerda la importancia de presidir nuestras acciones con la modestia. Con los de Minos la Edad del Bronce alcanzó su máximo esplendor, pero tuvieron mala suerte arrasados por un inclemente naturaleza y unos pueblos muchos peor pertrechados. Tampoco los de Micenas tuvieron mejor suerte, atropellados por bárbaros del Norte. Quizás les vieran como gentes ignorantes, incapaces de superar la grandeza de ciudadelas ciclópedas como Tirintos o la propia Micena o la monumentalidad de la tumba de Agamenon, pero iban armados con espadas de hierro mucho más resistentes.

En fin, como decía Nicolás de Avellaneda, "los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla"


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